Enriqueta Garriga: “Tenemos buenos maestros, pero necesitamos equipos de docentes”

Publicado el 23 Noviembre 2012 por

Enriqueta Garriga ha visto pasar a cientos de alumnos en la Facultad de Psicología, Ciencias de la Educación y del Deporte de Blanquerna, en la Universidad Ramon Llull de Barcelona, y todos ellos han hablado maravillas de sus clases. Su recuerdos y los más de 40 años de experiencia como maestra, psicóloga y logopeda de niños con necesidades especiales y graves trastornos de lenguaje y como profesora universitaria la convierten en una de las voces más autorizadas para hablar de la educación en nuestro país.

A veces en el blog hemos hablado de los problemas que se encuentran los logopedas para ejercer su profesión, ya que no se les valora en los hospitales y tampoco son imprescindibles en las escuelas.

Lo cierto es que son imprescindibles para la mejora de las condiciones de muchas personas. Facilitar la comunicación es básico, ese es nuestro trabajo. Yo siempre he trabajado con la logopedia infantil y pienso que somos un colectivo desconocido, por eso no se nos tiene en cuenta. En una sociedad de bienestar debería ser una figura prioritaria y en las escuelas debería ser una figura básica dentro de los equipos de las escuelas. Y no hablo solo por las patologías, también para la prevención de muchos problemas.

Supongo que con el tiempo vamos a ser cada vez más conocidos y tendremos nuestro lugar en equipos multidisciplinares. Los equipos son básicos. El nuestro es un mundo demasiado dinámico para que una sola persona pueda dar respuesta a lo que se nos plantea. Es imprescindible trabajar en cordada.

En vuestro caso, además, es importante para que muchos niños con dificultades hablen con corrección.

Bueno, no solo ellos. Creo que, actualmente, en la etapa infantil, la obsesión para que los niños aprendan a leer y escribir lo antes posible hace que no se trabaje la lengua oral, y los niños no llegan a tener una buena comprensión lectora porque no tienen una buena base de lingüística oral. Y para enseñar a hablar debemos enseñar a escuchar -no solo haciendo que los niños escuchen- y, sobre todo, dándoles la oportunidad y el espacio para que hablen. Estudios realizados demuestran que en las aulas, el 90 al 95% del tiempo hablan los maestros y los alumnos disponen sólo de un 5 a 10% incluyendo las horas de recreo. Esta asimetría en los turnos para hablar impide obviamente un buen desarrollo del lenguaje de los alumnos, especialmente en las primeras edades.

Hablemos pues de cómo mejorar. ¿Qué recuperarías de tus inicios como educadora?

Cuando inicié mi trabajo en un colegio de Educación Especial en el año 1973 éramos ocho profesionales para 50 niños. No teníamos “programas” y nuestra única “obligación” era cuidarlos en el centro durante el horario escolar. Todos nosotros aprendimos, en primer lugar, que todos los alumnos eran responsabilidad nuestra. También nos sirvió para aprender a manifestar nuestra opinión, a compartir estrategias, a revisar objetivos, a elaborar materiales… el éxito de uno de nosotros era el éxito de todos y si teníamos un problema, entre todos mirábamos de resolverlo. Constituimos un equipo de trabajo y , realmente, lo que aprendí aquellos años me ha acompañado durante toda mi vida profesional.

¿Qué nos falta, pues, hoy en día?

Pienso que tenemos los principios como para tener una educación de calidad para todos los niños. Los principios generales me parecen absolutamente correctos. A la hora de plasmarlo, sin embargo, yo diría que debemos mejorar mucho. Lo que nos falta son equipos de maestros, como te he dicho. Hasta ahora, la preocupación era formar buenos profesores. Pienso que ya los tenemos. Lo que no tenemos son buenos equipos. Y actualmente, ante tantas exigencias, si no consolidamos estos equipos dentro de las escuelas no lo conseguiremos. Ahora es el momento clave para abordar este reto.

¿Qué son estos equipos?

Deben tener muy claro que la educación de aquella escuela es un proyecto común, que si están todos implicados pueden encontrar recursos, o fijar objetivos. debemos pensar que la educación es un trabajo de equipos, no individualidades. cuando nos demos cuenta de que es lo que hace falta, tiraremos adelante.

¿Cómo lo hacemos?

La exigencia de la administración debería ir enfocada de otra forma. En lugar de pedir que las escuelas hagan tantas cosas, que pidan un buen proyecto educativo. Voy a decir una utopía. Ahora que vienen tiempos complicados, es una buena oportunidad para hacer algo nuevo: la escuela podría regirse por planes quinquenales.

¿En qué consistirían estos planes quinquenales?

La escuela tendrá cinco años para hacer que todos sus alumnos progresen. Eso sí, la Administración debe dejar en paz a las escuelas para conseguirlo. Estamos bajo mínimos en cuanto a recursos de personal y material, no es nada envidiable, pero si sabemos sacarle el jugo se puede aprovechar. Lo que hay que hacer es blindar las escuelas, y con un plan quinquenal se puede.

Con la plantilla que tiene, cada escuela debería pensar cómo organizarse para dar la mejor atención a los niños. Y me da igual de qué tipo de niños hablamos. No modificaría nada de la normativa. Que hagan un proyecto a cinco años y así se podrá ver la progresión.

¿No sería muy genérico?

El plan debe concretarse en planes anuales y debe establecer objetivos, que es lo que mirará el inspector. “¿A esto os compremetéis? De acuerdo”. Y ya no opina más. Me da igual que junten el grupo de primero con el de segundo, que pongan clases con más profesores, que haya un profesor de apoyo, lo que sea. Que se le monten como quieran, porque la plantilla no se movería. Si tienen un cardo borriquero, se lo quedan. Si tiene la suerte que tiene técnicos en educación infantil o educadores especiales, mejor, pero si no, pues se quedan como están.

A final de curso, la escuela y el profesor revisarán qué han hecho durante el año, pero hasta entonces, que los dejen trabajar. Que no les vengan con planes, exigencias y demás: los profesores deben ser capaces, y si no lo son, ya lo revisaremos después.

Confía mucho en la autonomía de los maestros.

Autonomía total. Debemos marcar unos baremos, pero como director no puedo decir que no quiero a un niño si debe venir a mi escuela por su zona de residencia. Si las normas de matriculación dictan que debe venir al centro, debemos saber cómo nos lo montamos. No me valen las exigencias que dicen “me lo quedo sí tengo un celador” o “me lo quedo si hay un educador social para él”. Tampoco me valen las excusas tipo “estos niños son muy cortos” o “necesitamos más horas de lengua”. Estoy de acuerdo con que todo eso sucede. Toca actuar, ver qué priorizamos, qué hacemos con todo ello. Tenemos recursos pedagógicos suficientes como para montarlo. Lo que no sabemos es cómo ponerlo en marcha.

Pero hay muchos servicios educativos de apoyo pedagógico.

Los servicios educativos pueden opinar, pero no deberían poder exigir nada. Pueden hacer de asesores, porque hay gente que sabe mucho, pero nada de lo que digan debe ser prescriptivo.

¿Cómo evaluamos?

Las escuelas deberán rendir cuentas. Eso no significa examinarse, sino valorar con alguien externo dónde se ha llegado y dónde no. ¿Por qué no hemos llegado aquí? “Es que nos faltaba personal”. No es excusa, porque habíamos acordado que con esos recursos debías apañártelas. Tampoco vale excusarse en el perfil de los niños y demás. Entonces hay que ver qué ha funcionado y lo que no, porque para el curso que viene hay que pensar cómo mejorar. Y al cabo de cinco años volvemos a empezar, se podrán cambiar equipos y demás.

Por cierto, ¿por qué cinco años?

Para evitar la mobilidad de los profesores. Los traslados de maestros son el peor enemigo de la formación de equipos en las escuelas. Los funcionarios tienen derecho a trasladarse, pero en el caso de los docentes deberían estar en la escuela que eligen o que les toca cinco años como mínimo.

La gente, cuando lleva ya años en un sitio, termina creyéndose el proyecto y queriéndolo. Debes implicarte durante cinco años, porque por la cuenta que te trae, intentas que te guste. Además, el plan te permite ser maestro. Ahora los equipos directivos son débiles, solamente resuelven problemas burocráticos, y los profesores tienen poco margen para programar, se basan en el libro y ya.

Hay cada vez más escuelas que han renunciado al libro de texto.

No estoy en contra del libro de texto, solo estoy en contra si es la programación didáctica en sí misma. Estamos en una rueda de poco entusiasmo, de pocas ganas de hacer cosas. No disfrutamos de algo que es apasionante, que es trabajar con niños, y te lo digo a punto de jubilarme. Y toda la vida he trabajado con niños a los que les cuesta, pero es que conseguir que un niño aprenda algo es una flipada. Por cierto, todos los niños aprenden.

Los profesores estamos en una rueda de poco entusiasmo, de pocas ganas de hacer cosas.

¡La escuela es un laboratorio! Nadie te dice que no puedas enseñar de una manera concreta. Pruébalo, y si la manera de que los niños tiren para delante es una que se te acaba de ocurrir, engánchate a ella y desarróllala. Tenemos la formación suficiente como para hacerla.

No todo el mundo piensa lo mismo

Debemos fijarnos en la formación de los maestros, sí, pero sobre todo debemos mirar lo que se van a encontrar en las escuelas. Cuando empecé me dí cuenta de que cada vez que llegaba al centro un profesor nuevo era absorbido por la dinámica general. Personalmente, como directora del centro, continuamente podía hablar con el profesor nuevo, reviusar lo que había ido mal y si veías a la persona con ganas, la animabas y la apoyabas en sus iniciativas. Es imprescindible que cada profesional nuevo que entra en un centro, éste disponga de la persona o equipo que pueda tutorizarle durante algunos meses para que conozca el proyecto de la escuela, la forma como se trabaja y se sienta apoyado en su trabajo. Es decir, se vaya vinculando al equipo.

“La escuela es un laboratorio. Nadie te dice que no puedas enseñar de una manera concreta.”

Ahora, los jóvenes van a la escuela y se encuentran en el aula, pero en ocasiones no viven el proyecto porque éste es un papel. Los novatos solamente aprenden aquello de “yo me lo guiso y yo me lo como” porque cada cual va por su lado. Entonces, hacen lo que pueden, y eso ahora no basta, porque las demandas son muy variadas y diversas. La educación toca muchos resortes.

Has hablado de niños con necesidades educativas especiales. De 40 años a esta parte, ¿cómo estamos?

(Suspira y está en silencio un rato) Podríamos estar mejor. Cuando te hablo de cuando empecé había niños con dificultades y, pedagógicamente, sabiendo mucho más ahora, pienso que no hemos avanzado lu suficiente. Me da la sensación de que la historia de la educación especial de este país es de un paso adelante, dos atrás. Dos delante, uno detrás. Creo que podríamos estar ya en la luna si hubiéremos ido haciendo aprendizaje acumulativo. Pienso que el camino del trabajo en educación especial es muy errático. Vamos tirando adelante pero nos vamos desviando contínuamente. Los niños con dificultades necesitan recursos, porque las familias lo requieren.

Recursos que ahora no tendremos.

Exacto. pero es que cuando los hemos tenido no teníamos ideas claras de cómo organizarlos. En estos momentos ocurren cosas como la siguiente. Se quitaron las etiquetas de “autista“, “hiperactivo” y demás para pasar a hablar de niños con necesidades educativas especiales. Podía haber significado en la concepción de la diversidad pero se quedo en un cambio de etiqueta. Debemos focalizar la atención en el alumno, no en el trastorno, porque sino el maestro ya no vé unas necesidades de la persona, sino una etiqueta.

Es la esencia de la educación inclusiva.

Se trata de que el maestro vea primero al alumno y no su discapacidad o trastorno. Y para conocerle es fundamenta que más que sus limitaciones aparentes, intente ver sus habilidades a partir de las cuales puede construir sus aprendizajes. Es decir,antes de que los especialistas hablen de las discapacidades el maestro, con sus recursos, debe conocer a su alumno y prever como puede trabajar con él en la clase. Es a partir de este punto que los recursos pueden ser útiles y pueden ser un soporte para el aprendizaje del niño.

Si no sucede eso, el maestro es víctima de los tópicos. Dicen “ese niño es autista”, y le cuelgan todas las características que han escuchado, ¡como si todos los niños con autismo fueran iguales! Es lógico que cuando entonces viene un celador, o un ayudante, su función sea de que esté por el niño para que no “moleste” a los demás.

¿Por qué seguimos en ese punto a pesar de todo lo que se ha avanzado en sensibilización?

Se han confundido las necesidades educativas especiales y ahora son un sustitutivo de la etiqueta. Huimos de las etiquetas porque no aportan nada, pero las hemos cambiado por lo genérico.

En este sentido, quería preguntarle por la abundancia de diagnósticos de TDA y TDAH. Me gustaría saber si opina que hay un cierto acomodo entre padres y maestros a la hora de ser menos exigentes con los modales y actitudes de estos niños.

Creo que queremos tener etiquetas que justifiquen el no aprendizaje de algunos alumnos. Y cuando ya están etiquetados seguimos sin saber qué hacer.

¿Por qué se hace?

Creo que un buen diagnóstico debería servirnos para anticipar las dificultades que pueda presentar un niño y actuar para facilitarle las ayudas y soportes que necesita. Pero si la búsqueda de la etiqueta sirve para autojustificar que el niño no aprenda y no conduzca, en primer lugar, a revisar que procesos y metodologías se utilizan con el alumno, la etiqueta es inútil.

Y pone el foco en los niños, cuando tal vez los educadores deberían mirarse el ombligo…

Si veo que un niño no aprende, debo mirar qué sistemas utilizo. Eso no se hace. Los profesores enseñan a leer, pero hay diez que no aprenden. Entonces les dicen que son disléxicos. ¡Espera! ¿Cómo les has enseñado? Si te dicen que igual que siempre, anímale a probar otras metodologías. Pero es que, además, si realmente te dan un diagnóstico, te sirve para escudarte en él, es terrible.

¿Qué perspectivas de mejora ves ante este panorama? ¿Cómo integramos de verdad?

O hacemos una apuesta segura en un sentido, o no la hacemos. No se trata de comentar y hablar. Un indicador de la escuela inclusiva es que los maestros trabajen a gusto. Ese es el primer indicador de que una escuela es inclusiva, no poner el número de alumnos con dificultades matriculados que hay. cuando los profesionales comparten un mismo objetivo, cuando se siente reforzados y estimulados para encontrar la mejor solución delante de las dificultades y problemas que presentan los alumnos y sus familias, es decir, cuando hay un trabajo real de equipo. Esto es lo que hace que un maestro se encuentra a gusto en su trabajo y es la mejor garantía para que todos los alumnos encuentren su lugar en esta escuela.

Eso significa que el alumno, sea como sea, tendrá una respuesta. Lo que ha sucedido es que muchos maestros han hecho inclusión pero sin la escuela.

Tampoco deben ayudar las fluctuaciones políticas.

Ni es política ni es nada, es una tomadura de pelo. Mientras las políticas educativas sean moneda de cambio para ganar votos, la educación no avanzará. Es nefasto que cada partido político que gana las elecciones promulgue una nueva ley de educación. Hay temas que deberían ser consensuados por todos los partidos políticos y blindados para ir introduciendo sólo aquellas modificaciones en qué todos se pongan de acuerdo.

Entre las consecuencias, una de las más conocidas son los resultados en pruebas internacionales. Nuestros niños tienen menos conocimiento de matemáticas y leen peor, por ejemplo.

Creo que podemos y debemos mejorar mucho en como enseñamos a nuestros alumnos. Ya hemos hablado del tema lectura… Queremos correr demasiado y que los niños aprendan a leer en la etapa infantil y olvidamos trabajar el lenguaje oral. Enseñar procesos requiere un tiempo, claridad en lo qué hacemos y el por qué lo hacemos.

Actualmente se estan modificando estrategias y cada vez más se da importancia al aprendizaje entre iguales, es decir, al trabajo de los alumnos entre ellos para compartir signiuficado y a las tutorías de los mayores con los más pequeños. La lectura por parejas puede ser un incentivo para que mejoren este procedimiento todos los alumnos. Los de sexto enseñan a los de primero y los de quinto a los de segundo. Y no creas que los mayores pierden el tiempo. Tener que leer, tener que preguntar y tener que corregir afianza sus conocimientos. Debemos intentar que a los maestros les dejen trabajar y que les exijan.

Hablas de mezclar edades. ¿Estás a favor de grupos flexibles según ritmos y niveles en algunas materias?

Deberemos usar muchos tipos de planificaciones y organizaciones en las escuelas. Es que realmente terminamos siendo más rígidos de lo que nos exigen las normativas. Si los grupos son flexibles de verdad pueden ser útiles. Pero si partimos según nivel y no se pueden mover, no es flexible. Pero se puede hacer, si toda la escuela va a una. Imagina que de 9 a 10, toda la escuela hará matemáticas, y de 10 a 11, lengua escrita. El grupo 0 trabaja unos objetivos, el 1 trabaja otros, etc. Imagina que todo el profesorado, a esa hora, lleva un grupo: los grupos serán más pequeños y podremos acotar. Cuando el alumno logra el objetivo, pasa al grupo siguiente. En algunos institutos se han hecho grupos homogéneos, según interés y nivel, y eso no es flexibilidad. ¿Por qué no hacemos física aplicada a la mecánica o la electricidad para quienes no están interesados en preparar la selectividad?

¿Con estas alternativas paliaríamos los índices de fracaso escolar? Es que parece que el actual modelo deja caer a muchos alumnos.

Tenemos margen de mejora, pero estas estadísticas merecen más profundidad. Hemos conseguido una escolarización universal que antes no existía: todos los niños van al colegio y son evaluados. Antes había mucha más deserción, adolescentes que iban a la calle, pero es que las selecciones venían de cursos anteriores. De ahí viene la LOGSE, que mejoró muchas cosas y otras no. No hemos puesto en la palestra todos los recursos que tenemos ni de lejos. Por eso, los momentos de crisi tienen esa parte positiva, porque te obligan a tirar adelante con menos recursos y focalizar cuáles son las prioridades.

¿Opinas que la autoridad del maestro está en crisis?

La sociedad ha cambiado y sus valores también. La falta de autoridad de los maestros empieza en la falta de autoridad de los padres. El buenismo de centrar en el niño todo el poder decisorio es nefasto educativamente, y eso viene de las familias. Debe haber autoridad para padres y maestros. Los padres no pueden marcar límites a sus hijos, ha habido un cambio de valores porque como sociedad hemos creido que las personas valen lo que tienen, no lo que son, y eso ha hecho que los niños lo tengan todo. Eso provoca que no se les pueda decir “no”. Han venido niños de dos a cinco años que se portan como salvajes ante sus padres sin que ellos reaccionen. No hace falta mucha filosofía, el niño debe saber que hay cosas que no tocan y otras que sí y debe saber que las cosas cuestan. Son valores y son límites que provocan conductas que se reproducen en la escuela.

¿Qué puede hacer la escuela?

Debemos poner normas clarísimas en la escuela. Debemos enseñarles qué esperamos de ellos. Cuando el niño entra en el centro debe tener claras tres cosas: uno, somos amigos; dos, nos esforzamos; y tres, lo que tú quieras. No hace falta mucho más. Ser amigos, por ejemplo, implica hablar bien y con respeto. Implica que los niños pequeños bajen por la escalera civilizadamente, sin molestar a las clases de sexto que estan estudiando. Y el profesor de sexto, como somos un equipo, se preocupa tanto de que bajen en silencio como el de infantil.

Para que el niño de infantil se dé cuenta de que debe respetar al de sexto y moverse sin escándalo necesitamos cultivar algo que está muy de moda nombrar, que es la educación emocional.

Es imprescindible. Cuando se habla de educación, para mi hay que hablar de algo global, no solo de transmitir conocimientos. En la facultad de Blanquerna tenemos un lema: “Enseñar a ser, enseñar a hacer”. Evidentemente, para educar en valores debemos usar estrategias distintas que para enseñar el teorema de Pitágoras. Y enseñar el teorema de Pitágoras tampoco es lo mismo que enseñar un hábito como limpiarse las manos. Son formas distintas pero todas importantísimas para ser más autónomos, para ser más libres y para ser buenos ciudadanos. Y no te creas una escuela que te dice que no trabaja valores porque es laica. Tú, como maestro, eres modelo de valores. Clarísimamente. La manera con la que tratas a los niños les calará. Los niños son muy listos, también los niños con deficiencias.

¿Cómo podemos abordar esta educación emocional?

Para empezar, debes expresar tus emociones delante suyo. No hace falta que cada clase sea una catársis. Pero cuando tu explicas que algo no te ha gustado, pones cara seria, dices que estás preocupada. Y si estás contenta por su actitud y su rendimiento, puedes felicitarles por su trabajo. Las emociones son lo que sentimos y se educan con las circunstancias que tenemos en la clase. Además, deben ser unos valores que no solamente son los tuyos, deben estar consensuados.

Finalmente, si pudieras dar un consejo a los padres de niños con necesidades educativas especiales, cuál sería?

(Piensa un buen rato y suspira). No se trata de dar consejos. La vida me ha enseñado a no dar consejos a quien no te los pide. Si la persona no te lo pide es inútil dárselo. Cuando la persona cree que lo que hace es óptimo, no puedes ir a decirle otra cosa, porque va a ser impermeable. Los consejos, pues, solo a quien te los pide. Y cuando te lo pide, no des un consejo estándard. Intenta conocer aquella persona y su idiosincracia. Con padres de niños con dificultades, mejor solo orientaciones. Y las orientaciones deben ayudar a esa familia según sus puntos fuertes y sus circunstancias, no pueden partir de Alicia en el País de las Maravillas. Debemos ponernos en la piel de quien te pide las orientaciones. Imagina que les dices que lean cada día un cuento. Es una buena orientación, pero resulta que la madre trabaja en turnos de noche. ¿Qué hemos conseguido? La madre está más angustiada, porque ve que no puede hacer algo que sabe que es bueno para su hijo. Lo que hay que hacer es ver qué 5 o 10 minutos tiene la madre para estar con su hijo y repasar.

Las familias deben intentar pedir hablar con el maestro para hacer un camino conjunto. No creo posible el trabajo del profesor ajeno a los padres, especialmente si tiene dificultades. Si ambos ponen el 100%, el niño lo consigue seguro, es que estamos condenados a ir de la mano. Son necesarias las ganas de los padres y el saber hacer de los profesores y la escuela.

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